Vidal permaneció en silencio durante varios segundos después de escuchar la respuesta de Ámbar. La sorpresa inicial se reflejó en su tono cuando finalmente habló; había en su voz una incredulidad y cautela que no intentó disimular.
—¿Hablas en serio? —preguntó despacio, como si necesitara asegurarse de haber escuchado correctamente—. ¿De verdad estás dispuesta a eso?
Al otro lado de la línea, Ámbar respondió con serenidad, sin titubeos, manteniendo una firmeza que parecía ensayada.
—Sí, hablo completamente en serio —replicó—. No lo digo a la ligera.
Vidal frunció levemente el ceño, aunque ella no podía verlo. Caminó unos pasos dentro de su oficina, deteniéndose frente al ventanal, mientras volvía a insistir.
—¿Estás segura de tu decisión? —añadió—. No quisiera que luego digas que te sentiste presionada o que cambies de opinión.
—¿Esperas que lo haga? —replicó Ámbar con calma, pero con una nota sutil de desafío—. Si acepté es porque ya lo pensé.
—No, no —se apresuró a decir Vidal—, par