Ámbar colgó la llamada y permaneció unos segundos con el teléfono aún en la mano, como si necesitara un instante para asimilar lo ocurrido. Luego levantó la vista y miró a Raymond. Él dejó escapar una risa breve y áspera, carente de cualquier atisbo de humor; era una risa de hartazgo, de frustración acumulada, de puro cansancio.
Aquella situación lo exasperaba. Comenzó a caminar por la habitación con pasos lentos hasta llegar a la cama, donde terminó sentándose en el borde, apoyando los antebra