Ámbar colgó la llamada y permaneció unos segundos con el teléfono aún en la mano, como si necesitara un instante para asimilar lo ocurrido. Luego levantó la vista y miró a Raymond. Él dejó escapar una risa breve y áspera, carente de cualquier atisbo de humor; era una risa de hartazgo, de frustración acumulada, de puro cansancio.
Aquella situación lo exasperaba. Comenzó a caminar por la habitación con pasos lentos hasta llegar a la cama, donde terminó sentándose en el borde, apoyando los antebrazos sobre los muslos.
—Lo sabía —soltó él—. Sabía que iba a intentar aprovecharse de la situación. No te pidió ser amigos por buena voluntad, ni mucho menos. Quiere estar cerca de ti, quiere meterse otra vez en tu vida. Seguramente piensa que así, poco a poco, podrá reconquistarte.
—Eso no va a pasar —respondió ella—. Ni vamos a volver a tener una cercanía real, ni mucho menos voy a enamorarme otra vez de Vidal. Menos ahora, después de todo lo que sé que ha hecho.
Ámbar se aproximó a Raymond con