Días después, dentro de la mansión de Raymond, el timbre del teléfono volvió a quebrar la quietud que había quedado suspendida en la habitación después del almuerzo. Raymond ya se había ajustado el reloj y se disponía a marcharse de nuevo a su empresa cuando notó cómo Ámbar se detenía frente al mostrador, observando la pantalla iluminada de su celular con una expresión de recelo. Alguien había estado llamándola de manera persistente.
El nombre no aparecía registrado, pero la secuencia final del número era inconfundible. Lo había visto antes, lo había memorizado sin proponérselo. El aparato dejó de sonar, y por un segundo Ámbar creyó que aquello sería suficiente, pero apenas tomó aire, el tono volvió a insistir, más persistente que antes.
—¿Por qué no contestas? —preguntó Raymond, girándose hacia ella con el ceño levemente fruncido—. ¿Quién es?
Ámbar alzó la vista con lentitud.
—Es Vidal —expuso—. No lo tengo guardado en los contactos, pero sé que es él.
Raymond se aproximó y observó l