Raymond se quedó petrificado. Fue una inmovilidad absoluta, como si su cuerpo hubiese sido atrapado por una repentina y gélida conmoción. No pronunció una sola palabra en los segundos que siguieron; su mente, sin embargo, se agitó con violencia, elaborando conclusiones que no deseaba.
El chofer conocía a Vidal. Lo había visto demasiadas veces provocar escándalos frente a la propiedad, gritar el nombre de Ámbar, exigir explicaciones, suplicar o amenazar. Por esa razón lo reconoció. Y, por esa mi