Raymond se quedó petrificado. Fue una inmovilidad absoluta, como si su cuerpo hubiese sido atrapado por una repentina y gélida conmoción. No pronunció una sola palabra en los segundos que siguieron; su mente, sin embargo, se agitó con violencia, elaborando conclusiones que no deseaba.
El chofer conocía a Vidal. Lo había visto demasiadas veces provocar escándalos frente a la propiedad, gritar el nombre de Ámbar, exigir explicaciones, suplicar o amenazar. Por esa razón lo reconoció. Y, por esa misma razón, Raymond no podía simplemente ignorar lo que acababa de oír.
La idea de que Ámbar hubiese abandonado la mansión precisamente a la hora en que él regresaría y que lo hubiera hecho para encontrarse con Vidal se incrustó en su pecho como un hierro caliente.
—Envíame la ubicación. Iré allí de inmediato —ordenó Raymond.
Y colgó.
El mensaje llegó a su teléfono unos segundos después. Raymond lo abrió, sintiendo cómo se aceleraba su pulso. Tomó sus llaves, dejó atrás el pasillo sin dirigir a