Alaska permaneció en silencio por unos instantes. La sala, bañada por la penumbra del anochecer, parecía encogerse a su alrededor. Sin embargo, ese silencio no provenía de la culpa ni del miedo, sino de la sorpresa amarga de oírlo acusarla con tanta seguridad, como si hubiese estado aguardando ese momento para atacarla.
Vidal dio un paso hacia ella, exigiendo una reacción.
—¿Por qué no dices nada? —cuestionó—. Responde, Alaska. ¿Dónde he estado durante el día? Tú lo sabes perfectamente porque m