Alaska sintió cómo el labio inferior comenzaba a temblarle sin control, un movimiento involuntario que delataba la angustia que la estaba desbordando. Era incapaz de sostener la mirada de Vidal sin que el pecho se le apretara dolorosamente, como si cada palabra suya le arrancara algo de adentro.
Lo que más la hería no era el grito, ni la severidad. Era la indiferencia. Esa indiferencia que no tenía nada que ver con el hombre que la había enredado.
Porque Alaska jamás había planeado enamorarse.