“Guardias... alguien... ¿Hay alguien ahí?”, murmuró Leila débilmente, arrastrándose de rodillas y agarrándose a los barrotes de acero que la mantenían prisionera.
Tenía el pelo seco y hecho jirones, la ropa rota, los dedos de las manos y de los pies heridos por los mordiscos de sus hambrientos compañeros de celda, los ratones.
Ya ni siquiera podía luchar contra ellos, simplemente se quedaba tumbada y dejaba que se dieran un festín mientras ella se deleitaba con sus pensamientos de arrepentimi