“Has sido acusada de asesinar a Alina, la bruja de la manada, ¿cómo te declaras?”.
Una vez más, Leila se encontraba en la cámara de los ancianos, en medio de los mismos hombres que hace días estaban dispuestos a condenarla sin pruebas y ahora, sentada en medio de su círculo sentencioso con doce pares de ojos mirándola con lascivia, sabía que su destino estaba sellado.
Especialmente porque Carmela había creado pruebas, pruebas que nadie le permitiría ver ni contra las que defenderse.
Una gran