ELAINE
Dejar ir a Amelia fue como abrir una vieja herida y echarle sal encima.
Me quedé parada en la entrada del hospital, observando cómo Duncan la llevaba sujetándola por la muñeca, no de la mano, no con un toque suave para guiarla, sino con un agarre demasiado firme y familiar. Mi corazón se encogió, gritándome que corriera tras ella, que la jalara de vuelta, que pidiera a gritos que alguien lo detuviera, pero no lo hice porque técnicamente, no tenía ningún derecho, ninguna prueba, no había h