El hombre que creía conocer
SOPHIE
Dijo que no.
Nunca imaginé que esa sería su respuesta.
Me quedé allí, aturdida en silencio, parpadeando como si no hubiera escuchado bien. Sus dedos seguían envolviendo mi muñeca, firmes e inflexibles, como si pudiera anclarme a él por pura fuerza de voluntad.
Una parte de mí —la estúpida y desesperanzada— quería creer que su terquedad significaba algo. Que quizás, solo quizás, había algo más profundo bajo la superficie de esta retorcida y complicada situación