SOPHIE
La náusea no había cedido.
Me senté al borde de la cama en mi habitación de la infancia, mirando fijamente el papel tapiz que se desprendía y los objetos olvidados y polvorientos que alguna vez hicieron de este espacio mi santuario. Habían pasado horas desde que desperté con la resaca palpitando detrás de mis ojos y el sabor amargo del arrepentimiento aferrándose a mi lengua.
Me dije a mí misma que me iría pronto. Empacaría mi bolso, encontraría mi camino de regreso a la ciudad y fingiría