SOPHIE
—¡Sophie! ¡Mujer loca!
Escuché su voz furiosa desde la distancia, pero aun así no fui lo suficientemente rápida para escapar de la pantufla que me golpeó justo en la parte posterior de la cabeza. Celeste, mi compañera de cuarto y, lamentablemente, también la única amiga que tenía, irrumpió en la sala de nuestro pequeño apartamento con la rabia coloreando su piel de un rojo intenso. En una mano llevaba su bolso del trabajo y en la otra, la segunda pantufla que ya estaba apuntando hacia mí