El reloj marcaba las once y media de la noche cuando Ethan volvió a mirar el sobre arrugado que sostenía entre sus manos. Lo había visto, palpado y analizado más veces de las que podía contar desde que lo recibió esa misma tarde, sin remitente, sin ninguna pista clara, pero con un mensaje que se le había quedado grabado en la mente con la fuerza de un eco insistente, una advertencia velada que parecía un acertijo imposible de resolver: “No estás solo. Lo que viene cambiará todo. Confía en lo qu