El umbral de las llamas
El lugar al que nos citó Lucía estaba lejos del pueblo, en una vieja casona de ladrillos rojos, con ventanas cubiertas de cortinas pesadas que apenas dejaban pasar la luz gris de la tarde. El camino hasta allí fue silencioso, salvo por el golpeteo de mis dedos en mis rodillas y la respiración temblorosa de Ana.
Cuando bajamos del auto, Lucía nos esperaba en el umbral, con un abrigo negro y una bufanda que le cubría la mitad del rostro. A su lado, un hombre alto de cabell