Reflejos que susurran
Ana no había dejado de mirar la tarjeta negra desde que llegamos a su casa. La giraba entre sus dedos, una y otra vez, mientras su respiración temblaba en cada exhalación. El colgante en su cuello parecía más pesado que nunca, como si supiera que el fragmento que guardaba dentro era ahora el centro de todo.
—Esto no tiene sentido… —murmuró.
Yo estaba sentado frente a ella, con las manos entrelazadas, sintiendo las pulsaciones en mis sienes cada vez más intensas. Afuera, la