La tarde cayó con un silencio espeso, casi antinatural. El aire cargado de electricidad se aferraba a cada rincón de la casa, como si las paredes mismas retuvieran la respiración, a la espera de algo que estaba por romperse. Entre las sombras alargadas, el crujir de la madera bajo nuestros pasos se sentía como un eco lejano de advertencia.
León estaba de pie frente a la ventana rota, observando las nubes grises que se agrupaban en el horizonte, formando remolinos que parecían pulsar con una vid