El sol apenas había cruzado el horizonte cuando comenzamos a limpiar lo que quedaba de la casa. Cada pedazo de madera astillada, cada cristal roto, era como arrancar una espina de nuestras heridas, liberando el peso de la noche anterior. No era solo para tener espacio donde caminar, sino para recordarnos que, aunque todo se había desmoronado, todavía podíamos reconstruir, aunque fuera poco a poco.
El polvo se levantaba en columnas doradas cada vez que movíamos algo, danzando con los rayos de so