El amanecer seguía su avance lento y decidido, teñido de una luz pálida que apenas lograba disipar las sombras aún presentes en la casa derruida. El silencio era pesado, casi palpable, como si la propia estructura estuviera contenida en un suspiro, temerosa de romper la calma antes de la tormenta que se avecinaba. Los restos de la noche pasada quedaban dispersos en cada rincón: cristales rotos, muebles destrozados, marcas de un enfrentamiento que había dejado cicatrices visibles e invisibles.
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