El amanecer entraba con un resplandor tenue por los ventanales de la mansión. El aire aún olía a humo y a sexo, los rastros de la noche pasada permanecían dispersos por toda la habitación: copas de vino vacías, ropa rasgada, agua todavía goteando del baño.
Isabella dormía enredada en las sábanas de seda, el vestido rojo reducido a jirones sobre el suelo. Sus labios curvados en una sonrisa satisfecha dejaban claro que creía haber ganado algo más que una noche: poder.
Pero Salvatore no compartía