La madrugada en Sicilia era densa, casi irrespirable. El cielo estaba cubierto por nubes que no dejaban ver la luna, y el aire olía a tormenta. Las luces de los helicópteros se reflejaban en el mar como luciérnagas rojas, proyectando sombras largas sobre los acantilados.
Dante observaba desde el asiento delantero del helicóptero principal. Frente a él, el monitor táctico mostraba las coordenadas enviadas por Amara. Un punto rojo parpadeaba en el mapa: una vieja refinería abandonada a las afuera