El amanecer trajo consigo un aire frío que Dante no pudo ignorar. Serena seguía dormida, su respiración pausada, pero había algo en su piel, en la palidez de su rostro, que no le gustaba. La escena del desmayo aún se repetía en su mente, como una película que no podía apagar. No estaba dispuesto a esperar a que se repitiera.
—Iván, Mikko —llamó en voz baja—, necesitamos un médico.
—¿Uno cualquiera? —preguntó Mikko, todavía con la voz adormilada.
—Uno que no abra la boca —aclaró Dante—. De es