Mundo ficciónIniciar sesiónDurante varios segundos ninguna de las dos habló.
El pequeño despacho parecía haberse encogido de repente. Camila permanecía de pie junto a la silla donde había dejado su bolso, mientras Andrea ocupaba el centro de la habitación como si aquel lugar también le perteneciera. Sin embargo, ya no había rastros de la mujer elegante que había entrado sonriendo a la galería. La máscara había desaparecido. Y lo que quedaba debajo era mucho más interesante. Porque Andrea estaba enfadada. Pero también estaba nerviosa. Camila lo notó en los pequeños detalles. En la forma en que cruzaba los brazos. En cómo cambiaba constantemente el peso de un pie al otro. En la tensión que aparecía en su mandíbula cada vez que mencionaba a Leonardo. Era extraño. Si alguien hubiera preguntado a Camila quién tenía más razones para sentirse insegura en aquella situación, habría respondido sin dudar que era ella. Después de todo, Andrea era la novia oficial de Leonardo. Hermosa. Exitosa. Segura de sí misma. Mientras que ella era solo una artista que vivía en un apartamento pequeño y que ni siquiera entendía por qué se había convertido en parte de aquel desastre. Y aun así... Andrea parecía comportarse como si la amenaza fuera Camila. —¿Ya terminaste de analizarme? —preguntó Andrea de repente. Camila parpadeó. —¿Qué? —Llevas varios minutos observándome. —Tú llevas varios minutos acusándome. Andrea soltó una risa breve. Una risa sin humor. —Supongo que estamos empatadas. Camila apoyó una mano sobre el escritorio. La conversación estaba empezando a agotarla. Y apenas llevaba unos minutos. —Mira, Andrea. Entiendo que estés molesta. —No tienes idea de cómo me siento. —Probablemente no. —Definitivamente no. La respuesta llegó tan rápido que hizo que Camila guardara silencio. Andrea se acercó un poco más. No de manera agresiva. Pero sí lo suficiente para invadir su espacio personal. —He estado junto a Leonardo durante años.Lo he acompañado en eventos, en viajes, en reuniones, he estado ahí mientras construía su carrera.Mientras se preparaba para dirigir la empresa, mientras todos esperaban cosas imposibles de él y ahora su padre pretende reemplazarme como si fuera un mueble viejo. Camila escuchó sin interrumpir. Porque por primera vez Andrea parecía estar hablando con sinceridad. O al menos con una parte de ella. —Debe ser difícil. Andrea pareció sorprendida por la respuesta. Probablemente esperaba una discusión. O una defensa. O alguna excusa. No comprensión. —¿Eso es todo lo que vas a decir? —¿Qué más quieres que diga? La mujer frunció el ceño. —Podrías admitir que esto te beneficia. Aquello hizo que Camila soltara un suspiro. Otra vez. Siempre volvían al mismo punto. —¿Y qué gano exactamente? Andrea la observó como si hubiera hecho una pregunta ridícula. –¿En serio? —Sí. —El apellido Montenegro ,la posición social, la fortuna, la influencia. Camila apoyó ambas manos sobre el escritorio y sostuvo su mirada. —¿Y si nada de eso me interesa? Andrea sonrió. Pero aquella sonrisa estaba llena de lástima. Una lástima que resultó mucho más ofensiva que cualquier insulto. —Entonces eres más ingenua de lo que pensaba. La respuesta provocó algo inesperado en Camila. No enojo. No tristeza. Sino una repentina claridad. Porque mientras escuchaba a Andrea hablar, comenzó a comprender algo. Andrea estaba convencida de que todo el mundo funcionaba igual que ella. Que todas las personas tomaban decisiones basadas en dinero. Poder. Prestigio. Ventajas. Por eso le resultaba imposible creer que Camila no hubiera planeado aquello. Porque ella sí lo habría hecho. —No somos iguales. La frase escapó de sus labios antes de que pudiera detenerla. Andrea entrecerró los ojos. —¿Qué significa eso? —Que tú y yo vemos las cosas de manera diferente. —Explícate. Camila dudó unos segundos. No le gustaban los conflictos. Nunca le habían gustado. Pero tampoco iba a permitir que aquella mujer siguiera diciéndole quién era. —Cuando hablas de este matrimonio, solo mencionas dinero.Influencia Posición social. Como si fueran las únicas cosas importantes. Andrea no respondió. —Yo ni siquiera pensé en eso. La mujer soltó una pequeña carcajada. —Claro que sí. —No. Y era verdad. Lo primero que había sentido al escuchar el anuncio no había sido emoción. Ni ambición. Ni interés. Había sido miedo. Confusión. Y dolor. Mucho dolor. Porque Leonardo había dejado claro lo poco que significaba para él. Andrea la observó durante unos segundos. Y entonces ocurrió algo inesperado. Sonrió. Pero aquella sonrisa ya no parecía falsa. Parecía triunfante. Como si acabara de descubrir algo importante. —Ahora lo entiendo. Camila frunció el ceño. —¿Entender qué? —A ti. Aquella respuesta no aclaró absolutamente nada. —No te sigo. —No estás interesada en su dinero. Camila cruzó los brazos. —Ya te lo dije. —Porque estás interesada en él. El corazón de Camila se detuvo. Solo por un segundo. Pero fue suficiente. Porque Andrea lo vio. Y en el instante en que lo vio, supo que había acertado. La sonrisa en su rostro se hizo más amplia. Más peligrosa. —Vaya. Camila apartó la mirada. Demasiado tarde. La reacción ya la había delatado. —Así que era eso. —No sé de qué estás hablando. —Sí lo sabes. Andrea comenzó a caminar lentamente por la oficina. Y cuanto más hablaba, más segura parecía sentirse. —Por eso nunca te interesó el dinero.Por eso siempre estabas tan callada cuando él estaba cerca.Por eso nunca salías con nadie. La respiración de Camila se volvió más pesada. No porque Andrea estuviera diciendo toda la verdad. Sino porque estaba diciendo suficiente. —Estás imaginando cosas. —No. Andrea se detuvo frente a ella. Y entonces pronunció las palabras que había ido a decir desde el principio. Las palabras que llevaba guardando desde que salió de la mansión. —¿Sabes cuál es tu problema? Camila no respondió. —Que te enamoraste de alguien que jamás te miró de la misma manera. El silencio llenó la habitación. Y aunque Camila intentó mantenerse firme, aquellas palabras encontraron exactamente dónde golpear. Porque una parte de ella siempre había sabido que era cierto. —Puedes casarte con él si quieres. La voz de Andrea se volvió suave. Cruelmente suave. —Puedes firmar todos los contratos que quieras. Puedes vivir en su casa. Puedes llevar su apellido. Pero nunca conseguirás que te ame. Y por primera vez desde que había entrado en aquella oficina, Camila sintió verdadero dolor. Porque Andrea no estaba atacando su orgullo. Ni su posición. Ni su futuro. Estaba atacando la única verdad que Camila jamás le había contado a nadie. Y lo peor era que una parte de ella temía que tuviera razón.






