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10: Lo que no voy a permitir

Las palabras de Andrea permanecieron suspendidas en el aire durante varios segundos.

Camila no respondió de inmediato.

No porque no tuviera nada que decir.

Sino porque estaba intentando controlar la mezcla de emociones que se había instalado en su pecho.

Rabia.

Vergüenza.

Tristeza.

Y, para su desgracia, una pequeña dosis de verdad.

Porque sí.

Había estado enamorada de Leonardo durante años.

Y sí.

Él nunca la había mirado de la misma manera.

Pero una cosa era saberlo en privado.

Aceptarlo poco a poco con el paso del tiempo.

Y otra muy distinta era escuchar a otra persona utilizarlo como un arma.

Andrea observó cuidadosamente su reacción.

Como un depredador que espera confirmar que su presa está herida.

Y cuando vio el silencio de Camila, pareció convencerse de que había ganado.

—Eso pensé.

Camila tomó aire lentamente.

Después otro.

Y otro más.

Durante años había permitido que muchas personas hablaran por ella.

Durante años había bajado la cabeza para evitar conflictos.

Durante años había soportado comentarios, insinuaciones y desprecios porque le parecía más sencillo guardar silencio que enfrentarse a ellos.

Pero algo estaba cambiando.

Quizás era el cansancio.

Quizás era la acumulación de demasiadas heridas.

O quizás simplemente estaba llegando al límite.

—¿Ya terminaste?

Andrea parpadeó.

La pregunta pareció tomarla desprevenida.

—¿Qué?

—Tu discurso.

La sonrisa desapareció lentamente del rostro de la mujer.

—No estoy dando un discurso.

—Entonces supongo que viniste hasta aquí para sentirte mejor contigo misma.

Andrea cruzó los brazos.

—Vine para advertirte.

—No.

Camila negó suavemente con la cabeza.

—Viniste para intentar asustarme.

Y por primera vez desde que comenzó aquella conversación, Andrea pareció perder un poco de control.

Solo un poco.

Pero fue suficiente para que Camila lo notara.

—Deberías tomarte esto más en serio.

—¿Por qué?

—Porque estoy intentando ayudarte.

Aquello fue tan absurdo que Camila estuvo a punto de reír.

—¿Ayudarme?

—Sí.

—¿Diciéndome que nunca seré suficiente para Leonardo?

—Diciéndote la verdad.

La paciencia de Camila terminó de agotarse.

Completamente.

—No.

Su voz fue tranquila.

Más tranquila de lo que se sentía.

—La verdad es que estás asustada.

Andrea se quedó inmóvil.

Y aquel simple gesto confirmó las sospechas de Camila.

—No estoy asustada.

—Claro que lo estás.

—No tienes idea de lo que dices.

—Entonces dime algo.

Camila sostuvo su mirada.

Sin apartarla.

Sin retroceder.

—Si estás tan segura de que Leonardo jamás me elegiría... ¿por qué viniste?

La pregunta golpeó exactamente donde debía.

Andrea abrió la boca.

Luego la cerró.

Y durante un segundo entero no encontró una respuesta.

Porque no la había.

Al menos no una que pudiera admitir.

Si realmente estuviera convencida de que Camila no representaba ningún peligro, no habría ido a buscarla.

No habría abandonado todo para presentarse en la galería.

No habría perdido el tiempo intentando intimidarla.

Y ambas lo sabían.

El silencio comenzó a hacerse incómodo.

Finalmente Andrea volvió a recuperar la compostura.

—No voy a discutir contigo.

—Qué conveniente.

—Solo quería dejar las cosas claras.

—Perfecto.

Camila tomó su bolso.

—Entonces yo también voy a dejar algo claro.

Andrea la observó en silencio.

—No quiero casarme con Leonardo.

La mujer arqueó una ceja.

Claramente no esperaba aquella respuesta.

—¿No?

—No.

Y era cierto.

Al menos en parte.

Porque lo que alguna vez había soñado no tenía nada que ver con lo que estaba ocurriendo.

Nunca había imaginado un matrimonio obligado.

Nunca había imaginado un esposo que la despreciara.

Nunca había imaginado una relación construida sobre resentimiento y mentiras.

—Pero tampoco voy a permitir que me culpes por algo que no hice.

Andrea guardó silencio.

—Ni tú, ni Leonardo ,ni nadie.

Las palabras salieron con una firmeza que sorprendió incluso a la propia Camila.

Porque eran verdad.

Y porque estaba cansada de justificarse.

Cansada de defenderse constantemente.

Cansada de cargar con una culpa que no le pertenecía.

Andrea la observó durante varios segundos.

Después tomó su bolso.

—Esto no ha terminado.

Camila estuvo a punto de responder.

Pero decidió no hacerlo.

Porque algunas amenazas pierden fuerza cuando no reciben atención.

Andrea caminó hacia la puerta.

Sin embargo, antes de salir, se detuvo.

—Un consejo.

Camila suspiró internamente.

—¿Otro?

—Sí.

La mujer giró ligeramente el rostro.

—No te enamores más de él de lo que ya estás.

Y luego salió.

La puerta se cerró tras ella.

Dejando el despacho en silencio.

Camila permaneció inmóvil durante varios segundos.

Escuchando únicamente el sonido de su propia respiración.

Entonces se dejó caer lentamente sobre una silla.

Y por primera vez desde que comenzó aquella conversación, permitió que la fachada se derrumbara.

No lloró.

No quería llorar.

Pero tampoco podía negar que estaba herida.

Porque Andrea había encontrado la única inseguridad que Camila jamás había logrado superar.

El miedo a no ser suficiente.

El miedo a que, incluso si el destino los obligaba a compartir un apellido, Leonardo jamás pudiera verla como algo más que una obligación.

—¿Qué demonios pasó aquí?

La voz de Sofía la hizo levantar la cabeza.

Su amiga acababa de entrar al despacho con una expresión de alarma.

—¿Está loca?

Camila soltó una pequeña risa cansada.

—Posiblemente.

—¿Te amenazó?

—Algo así.

—¿Y quién se cree que es?

Sofía cerró la puerta detrás de ella y tomó asiento frente a Camila.

—Juro que si vuelve a aparecer por aquí...

—Sofía.

—No, déjame terminar.

La artista negó con la cabeza.

Por primera vez en toda la mañana sintió ganas de sonreír de verdad.

—Estoy bien.

—No lo pareces.

Camila bajó la mirada.

Porque, para ser sincera, tampoco se sentía bien.

Pero mientras observaba sus propias manos, una idea comenzó a tomar forma lentamente en su cabeza.

Una idea que no había considerado hasta ese momento.

Tal vez estaba enfocando todo desde la perspectiva equivocada.

Tal vez la pregunta no era si quería casarse con Leonardo.

Tal vez la verdadera pregunta era otra.

¿Qué estaba dispuesta a hacer para evitarlo?

Y por primera vez desde el anuncio de Alejandro, empezó a considerar seriamente la posibilidad de decir que no.

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