Mundo ficciónIniciar sesiónDurante varios segundos después de las palabras de Leonardo, nadie se movió.
El silencio era tan pesado que Camila podía escuchar el latido acelerado de su propio corazón. Le costaba respirar. No porque hubiera esperado una reacción diferente. En realidad, siempre había sabido que Leonardo jamás habría elegido casarse con ella por voluntad propia. Lo que dolía era escucharlo frente a todos. Frente a su familia. Frente a Andrea. Frente a personas que ya pensaban lo peor de ella. Por un momento deseó levantarse y marcharse. Salir de aquella mansión. Volver a su pequeño apartamento. Encerrarse con sus pinturas y fingir que nada de aquello había ocurrido. Pero permaneció inmóvil. Porque sus piernas parecían incapaces de responder. —La conversación ha terminado —declaró Alejandro. Leonardo soltó una carcajada incrédula. —La conversación ni siquiera ha empezado. Su silla se deslizó hacia atrás cuando se puso de pie. La expresión de su rostro era una mezcla de enojo y frustración. —No voy a casarme con ella. —Sí lo harás. —¿Y si me niego? Alejandro lo observó durante varios segundos. Aquella mirada era suficiente para que la mayoría de las personas retrocedieran. Pero Leonardo era igual de terco que su padre. Ninguno parecía dispuesto a ceder. —Si te niegas —respondió finalmente Alejandro— perderás tu lugar dentro de la empresa. La sorpresa recorrió la habitación. Incluso algunos familiares comenzaron a murmurar entre ellos. Leonardo frunció el ceño. —No puedes hablar en serio. —Nunca he hablado tan en serio. —Soy quien dirige la mayoría de los proyectos importantes. —Y seguirás haciéndolo si aceptas las condiciones. Leonardo apretó la mandíbula. —¿Me estás chantajeando? —Te estoy dando una elección. —Eso no es una elección. —Lo es. El tono tranquilo de Alejandro parecía enfurecerlo todavía más. Camila observaba todo sin saber qué decir. Sentía que estaba presenciando algo que no debería estar viendo. Una discusión privada. Una guerra entre padre e hijo. Y, sin embargo, ella era el centro del problema. —Esto es absurdo —intervino Victoria—. Si Leonardo necesita una esposa, existen cientos de mujeres más adecuadas. Camila bajó la mirada. No necesitaba escuchar el resto para saber exactamente lo que Victoria pensaba de ella. Nunca lo había necesitado. Desde que tenía memoria, la mujer la había tratado como una presencia incómoda. Como un recordatorio de algo que prefería olvidar. Alejandro volvió su atención hacia su esposa. —Camila es más adecuada que cualquiera de las personas que acabas de imaginar. —¿En serio? —Sí. —Es una artista que vive en un apartamento diminuto. —Y trabaja para mantenerlo. Victoria guardó silencio. —Jamás ha pedido nada a esta familia —continuó Alejandro—. Jamás ha intentado aprovecharse de nadie. —La estás defendiendo porque estabas obsesionado con su madre. La habitación quedó congelada. Camila levantó la cabeza. No fue la única. Varios familiares parecieron incómodos. Otros fingieron no haber escuchado. Alejandro permaneció inmóvil. Sin embargo, algo oscuro cruzó por sus ojos. Algo que desapareció tan rápido que Camila creyó haberlo imaginado. —Ten cuidado con lo que dices, Victoria. La advertencia fue clara. La mujer apretó los labios. Pero no insistió. Entonces Andrea decidió intervenir. —Con todo respeto, señor Montenegro, creo que esto también me involucra. Su voz sonó suave. Controlada. Pero había rabia detrás de cada palabra. —Leonardo y yo llevamos años juntos. —Lo sé. —Nos queremos. Alejandro la observó. Y por primera vez aquella noche, una pequeña sonrisa apareció en su rostro. No fue una sonrisa amable. Fue una sonrisa llena de decepción. —No. Andrea parpadeó. —¿Perdón? —Tú no quieres a mi hijo. El color desapareció del rostro de la joven. —Eso no es cierto. —¿No? —Por supuesto que no. Alejandro caminó lentamente alrededor de la mesa. —¿Quieres que hablemos de los acuerdos que has intentado conseguir usando el apellido Montenegro? Andrea se quedó inmóvil. —¿O de las empresas que comenzaron a interesarte después de iniciar tu relación con Leonardo? Nadie habló. Nadie se movió. —¿O de las conversaciones donde afirmabas que convertirte en señora Montenegro era la mejor decisión para tu carrera? Andrea palideció. Leonardo se tensó inmediatamente. —Padre... —He investigado durante meses. La mirada de Alejandro pasó de Andrea a su hijo. —Y lo único que encontré fue una mujer interesada en el poder, la influencia y el prestigio que puede ofrecer esta familia. —Eso es mentira. —No lo es. La voz de Alejandro sonó firme. Segura. Como si estuviera completamente convencido de lo que decía. Camila observó a Andrea. Por primera vez la mujer parecía realmente nerviosa. Y aquello le resultó extraño. Porque Andrea siempre parecía tener el control. Siempre parecía segura de sí misma. Pero no aquella noche. Aquella noche parecía asustada. —No voy a permitir que una persona así esté cerca de la empresa —continuó Alejandro—. Y tampoco voy a permitir que sea la esposa del futuro presidente. Leonardo dio un paso adelante. —Aunque todo eso fuera cierto, no significa que deba casarme con Camila. Alejandro lo miró directamente. —No. Significa que necesitas una mujer que conozca el valor de la lealtad. Los ojos del hombre se desviaron hacia Camila. Y por primera vez desde que comenzó aquella discusión, ella sintió que algo más se escondía detrás de todas aquellas palabras. Algo que Alejandro todavía no estaba dispuesto a revelar. Algo relacionado con ella. Con su madre. Con el pasado. Pero antes de que pudiera pensar demasiado en ello, Alejandro habló nuevamente. —Tienen una semana para decidir la fecha de la boda. La habitación estalló. Y Camila comprendió que aquella pesadilla apenas estaba comenzando.






