2. El anuncio

Cuando el taxi se detuvo frente a la mansión Montenegro, Camila sintió que la extraña sensación que la había acompañado durante todo el día se intensificaba.

Pagó el servicio, agradeció al conductor y descendió lentamente.

La enorme propiedad estaba completamente iluminada.

A través de las ventanas podía verse movimiento en el interior.

Había más vehículos de lo habitual estacionados frente a la entrada principal.

Demasiados.

Aquello no parecía una cena común.

Camila ajustó la correa de su bolso sobre el hombro y caminó hacia la puerta.

Antes de que pudiera tocar, uno de los empleados abrió.

—Buenas noches, señorita Camila.

—Buenas noches, Tomás.

El hombre le dedicó una sonrisa amable.

—La están esperando.

Ella asintió.

Mientras avanzaba por el amplio recibidor de mármol, intentó convencerse de que estaba exagerando.

Tal vez Alejandro había organizado alguna reunión relacionada con la empresa.

Tal vez era un asunto familiar importante.

Tal vez...

La voz de varias personas interrumpió sus pensamientos.

Provenía del salón principal.

Camila respiró profundamente antes de acercarse.

Y entonces entró.

Lo primero que notó fue el silencio.

Un silencio extraño.

Pesado.

Como si todos hubieran estado esperando exactamente ese momento.

Sus ojos recorrieron la habitación.

Alejandro estaba sentado en la cabecera de la mesa.

A su lado se encontraba Victoria Montenegro.

Elegante como siempre.

Impecable.

Y observándola con la misma frialdad de costumbre.

Nada nuevo.

Camila ya se había acostumbrado a ello.

Más o menos.

Después vio al resto de la familia.

Tíos.

Primos.

Socios cercanos.

Personas que normalmente no asistían a las cenas familiares.

Y finalmente lo vio a él.

Leonardo.

El corazón de Camila dio un pequeño salto traicionero.

Vestía un traje oscuro que resaltaba sus facciones.

Tenía una expresión seria mientras revisaba algo en su teléfono.

Ni siquiera parecía interesado en lo que ocurría a su alrededor.

Era increíble cómo una persona podía verse tan bien y ser tan inaccesible al mismo tiempo.

Camila apartó rápidamente la mirada.

Llevaba años diciéndose que debía superar aquel enamoramiento absurdo.

Años.

Y claramente no estaba funcionando.

—Camila.

La voz de Alejandro la sacó de sus pensamientos.

Ella sonrió automáticamente.

—Buenas noches.

—Ven. Siéntate.

Camila obedeció.

Sin embargo, al acercarse notó algo más.

Algo que hizo desaparecer parte de su sonrisa.

Andrea Salazar.

Estaba allí.

Sentada junto a Leonardo.

Hermosa.

Perfectamente arreglada.

Y aferrada al brazo del heredero Montenegro como si quisiera recordarle al mundo entero cuál era su lugar.

Camila sintió una punzada incómoda en el pecho.

Intentó ignorarla.

No tenía ningún derecho a sentirse así.

Leonardo nunca le había dado motivos para pensar que podía existir algo entre ellos.

Andrea levantó la vista.

Sus ojos recorrieron a Camila de arriba abajo.

Después sonrió.

No fue una sonrisa amable.

Fue una de esas sonrisas que parecen educadas por fuera pero esconden algo desagradable por dentro.

—Buenas noches, Camila.

—Buenas noches.

Andrea volvió a concentrarse en Leonardo.

Como si la conversación hubiera terminado antes de empezar.

Camila ocupó el asiento que Alejandro le señaló.

La tensión era cada vez más evidente.

Algo estaba ocurriendo.

Podía sentirlo.

Y por alguna razón, todos parecían saberlo menos ella.

—¿Sucede algo? —preguntó finalmente.

Alejandro apoyó las manos sobre la mesa.

Por un momento pareció buscar las palabras adecuadas.

—Sí.

Aquella única sílaba hizo que varias personas intercambiaran miradas.

Camila frunció ligeramente el ceño.

—¿Es algo malo?

—Depende de a quién le preguntes.

La respuesta la confundió todavía más.

Victoria soltó un suspiro de evidente molestia.

Leonardo dejó el teléfono sobre la mesa.

Andrea tensó la mandíbula.

Y de repente Camila comprendió que no era la única nerviosa.

Todos lo estaban.

Alejandro se puso de pie.

La conversación en la habitación murió por completo.

—Los he reunido esta noche porque he tomado una decisión importante.

Nadie habló.

Nadie se movió.

—Una decisión que afectará tanto a nuestra familia como al futuro de la empresa.

Leonardo levantó la vista.

Por primera vez parecía prestar verdadera atención.

—Padre...

Alejandro continuó hablando.

—Durante meses he estado evaluando quién está preparado para asumir ciertas responsabilidades.

Victoria cerró los ojos un instante.

Como si supiera exactamente lo que iba a ocurrir.

Y no le gustara en absoluto.

Camila comenzó a sentirse incómoda.

Muy incómoda.

No entendía por qué estaba allí.

Aquello parecía un asunto interno de los Montenegro.

—He llegado a una conclusión —continuó Alejandro.

Su mirada se detuvo en Leonardo.

Después pasó a Camila.

Y finalmente volvió al resto de la familia.

—La estabilidad es fundamental para liderar un imperio.

Leonardo frunció el ceño.

—¿A qué viene todo esto?

Alejandro lo ignoró.

—Por eso he decidido que Leonardo y Camila deberán casarse.

El tiempo se detuvo.

Durante varios segundos nadie reaccionó.

Nadie pareció capaz de procesar lo que acababan de escuchar.

Camila sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.

La habitación comenzó a dar vueltas.

Casarse.

¿Había dicho casarse?

¿Ella y Leonardo?

No.

Debía haber escuchado mal.

Definitivamente había escuchado mal.

Pero entonces el sonido de una copa rompiéndose contra el suelo hizo añicos aquella esperanza.

Andrea se había puesto de pie de golpe.

Su rostro había perdido completamente el color.

—¿Qué acaba de decir?

Victoria también se levantó.

—Alejandro, esto es una locura.

—Siéntate.

—No pienso sentarme.

—Victoria.

El tono de voz de Alejandro fue suficiente para que la mujer guardara silencio.

Al menos por unos segundos.

Camila seguía inmóvil.

Demasiado sorprendida para reaccionar.

Demasiado confundida para hablar.

Y entonces sintió una mirada sobre ella.

Levantó lentamente la cabeza.

Leonardo la estaba observando.

Por primera vez aquella noche.

Y lo que encontró en sus ojos hizo que el corazón le doliera.

No había sorpresa.

No había curiosidad.

No había interés.

Solo rabia.

Una rabia tan intensa que la obligó a apartar la mirada.

—No.

La voz de Leonardo resonó en toda la habitación.

—No voy a hacerlo.

Alejandro permaneció tranquilo.

—Sí lo harás.

—No.

—Leonardo...

—Tengo una relación.

Andrea asintió inmediatamente.

Como si quisiera recordarle a todos que seguía allí.

—Esto es ridículo.

—Tu relación termina hoy.

Andrea se quedó petrificada.

Victoria golpeó la mesa.

—¡No puedes decidir algo así!

—Puedo y ya lo hice.

Camila apenas escuchaba.

Todo parecía irreal.

Como una pesadilla.

O un sueño.

No estaba segura.

—Yo no pedí esto —murmuró.

La frase escapó de sus labios antes de poder detenerla.

Victoria soltó una risa amarga.

—Claro que no.

Camila la miró.

—¿Perdón?

—Sabes perfectamente de lo que hablo.

Alejandro se tensó.

—Victoria.

—¿Qué? ¿Ahora tampoco puedo decir la verdad?

Los ojos de la mujer brillaban de furia.

—Llevas años protegiéndola. ¿Y ahora pretendes convertirla en una Montenegro?

El salón quedó en silencio.

Camila sintió el mismo dolor de siempre.

La misma sensación de no pertenecer.

La misma humillación.

Pero antes de que pudiera responder, Leonardo volvió a hablar.

—Antes muerto que casarme con ella.

Las palabras atravesaron a Camila como una cuchilla.

Porque aunque intentara convencerse de lo contrario...

Aunque supiera que aquello era absurdo...

Aunque llevara años ocultándolo...

Una parte de ella seguía enamorada del hombre que acababa de romperle el corazón frente a toda su familia.

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