Mundo ficciónIniciar sesiónLa reunión terminó de la peor manera posible.
Las conversaciones estallaron por toda la habitación al mismo tiempo. Algunos familiares comenzaron a discutir entre ellos. Otros intentaban convencer a Alejandro de cambiar de opinión. Incluso había quienes observaban a Camila con una mezcla de curiosidad y desprecio, como si acabara de cometer un crimen. Ella deseaba desaparecer. No sabía cómo había pasado de estar terminando un retrato en su apartamento a convertirse en el centro de una guerra familiar. —Esto no ha terminado. La voz de Leonardo atravesó el caos. Alejandro permaneció tranquilo. —No, no ha terminado. —Entonces hablaremos en privado. Sin esperar respuesta, Leonardo salió del salón. Andrea fue tras él inmediatamente. Victoria observó a Camila durante unos segundos antes de levantarse también. Aquella mirada fue suficiente para hacerle entender que las cosas acababan de empeorar. Mucho. Cuando la mayoría de los invitados comenzó a dispersarse, Camila se acercó a Alejandro. Por primera vez desde que había llegado a la mansión, él parecía cansado. Mucho más cansado de lo habitual. —Necesito hablar contigo. Alejandro asintió. —Lo sé. —Ahora. El hombre observó el rostro de la joven y comprendió que no iba a aceptar evasivas. —Ven conmigo. La condujo hasta su despacho. Era una habitación amplia, decorada con estanterías de madera oscura y fotografías familiares. Camila había estado allí muchas veces. Sin embargo, aquella noche todo parecía diferente. Cuando la puerta se cerró, se volvió hacia él. —¿Por qué? Alejandro suspiró. —Camila... —No, en serio. ¿Por qué yo? Durante años había aceptado muchas cosas sin hacer preguntas. La ayuda ocasional. Las invitaciones. La protección silenciosa. Pero aquello era demasiado. Necesitaba respuestas. —Porque confío en ti. Camila negó con la cabeza. —Eso no es suficiente. —Para mí sí. —Para mí no. El hombre guardó silencio. Ella respiró profundamente antes de continuar. —Leonardo me odia. —No te odia. —Acaba de decir delante de todos que preferiría morir antes que casarse conmigo. Alejandro no pudo discutir aquello. Porque era verdad. Y ambos lo sabían. —Está enfadado. —No, Alejandro. Está furioso. Camila caminó hasta una de las ventanas. Las luces del jardín brillaban bajo la oscuridad de la noche. —Además, tiene una novia. —No por mucho tiempo. —Eso tampoco es normal. Volvió a mirarlo. —¿Qué está pasando realmente? Por primera vez, Alejandro pareció buscar cuidadosamente sus palabras. —Hay cosas que todavía no puedo contarte. Aquella respuesta solo aumentó su frustración. —¿Tienen que ver con mi madre? Los ojos del hombre se oscurecieron apenas un instante. Y ese pequeño detalle fue suficiente. Camila lo vio. Lo sintió. Había acertado. —¿Qué tiene que ver mi madre con todo esto? —Nada de lo que imaginas. —Entonces explícamelo. Alejandro abrió la boca. Pero antes de que pudiera responder, la puerta del despacho se abrió de golpe. Los dos se volvieron. Leonardo acababa de entrar. Y estaba furioso. Más furioso de lo que Camila lo había visto jamás. Su mirada pasó de Alejandro a ella. Y algo en su expresión hizo que un escalofrío recorriera la espalda de Camila. —Perfecto. La palabra salió cargada de sarcasmo. —Justo la persona que quería ver. Camila sintió que el estómago se le encogía. Porque aunque Leonardo nunca había sido especialmente amable con ella, tampoco la había mirado así. Como si fuera el enemigo. Como si ella fuera responsable de todo lo ocurrido. Y por primera vez desde que Alejandro anunció el matrimonio, una idea comenzó a abrirse paso en su mente. Tal vez aquello no era un sueño. Tal vez no era una oportunidad. Tal vez estaba a punto de convertirse en la peor experiencia de su vida.






