Mundo ficciónIniciar sesión
El olor a pintura era una de las pocas cosas capaces de tranquilizar a Camila.
Siempre había sido así. Cuando era niña, dibujaba para olvidar las discusiones que escuchaba a través de las paredes del pequeño apartamento donde vivía con su madre. Después de su muerte, dibujó para combatir la soledad. Y ahora, a sus veintitrés años, seguía refugiándose entre pinceles, lienzos y manchas de colores cada vez que el mundo se volvía demasiado complicado y aquella mañana no era la excepción. La luz del sol entraba por la única ventana de su estudio improvisado, iluminando los tubos de pintura desperdigados sobre una mesa vieja que ya había conocido tiempos mejores. El apartamento era pequeño. Muy pequeño. Pero era suyo. Cada rincón estaba lleno de algo que la representaba. Plantas junto a las ventanas. Libros apilados sobre el suelo. Cuadernos llenos de bocetos. Tazas manchadas de pintura. Y decenas de cuadros apoyados contra las paredes. Algunos terminados. Otros a medio hacer. Otros que probablemente nunca terminaría. Camila observó su trabajo con gesto crítico. Era un retrato encargado por una pareja que celebraba su aniversario. Llevaba días trabajando en él. Y aun así sentía que algo faltaba. —Eres demasiado perfeccionista —murmuró para sí misma. Dejó el pincel sobre la mesa y se alejó unos pasos. Lo cierto era que el cuadro estaba bien. Más que bien. Pero nunca lograba sentirse completamente satisfecha. Quizás porque siempre estaba persiguiendo algo más. Algo que todavía no sabía definir. Su teléfono vibró sobre el sofá. Camila se limpió las manos en un trapo antes de tomarlo. El nombre que apareció en la pantalla la hizo sonreír. Alejandro Montenegro. —Buenos días. —Buenos días, pequeña artista. La sonrisa de Camila se amplió. Alejandro era una de las pocas personas capaces de llamarla así sin que le molestara. —¿Qué ocurre? —¿No puedo llamar simplemente para saludarte? —Podrías, pero nunca lo haces. La carcajada de Alejandro resonó al otro lado de la línea. —Tienes razón. —¿Entonces? —Quiero que vengas esta noche a la mansión. Camila frunció el ceño. —¿Hay alguna celebración? —Algo parecido. —Eso no responde mi pregunta. —Lo sé. —Alejandro... —Solo necesito que vengas. El tono de su voz era extraño. Demasiado serio. Demasiado solemne. Camila se enderezó automáticamente. —¿Ha pasado algo? —No. La respuesta llegó demasiado rápido. —¿Estás seguro? —Sí. Hubo una breve pausa. —Confía en mí. Camila observó por la ventana. Confiaba en él. Más que en cualquier otra persona. Después de todo, Alejandro había estado presente durante gran parte de su vida. Incluso después de la muerte de su madre. Incluso cuando nadie más estaba allí. —Estaré allá. —Perfecto. La llamada terminó unos segundos después. Camila dejó el teléfono sobre la mesa. Aunque intentó regresar al trabajo, ya no pudo concentrarse. Algo no estaba bien. Podía sentirlo. Y esa sensación no desapareció durante el resto del día. Horas más tarde, mientras se preparaba para salir, observó su reflejo en el espejo. No era una mujer especialmente llamativa. Al menos eso pensaba ella. Su cabello castaño oscuro caía en suaves ondas sobre sus hombros. Sus ojos tenían el mismo tono cálido que los de su madre. Y su figura era delgada debido a las largas horas que pasaba pintando y olvidándose de comer. Escogió un vestido azul sencillo. Nada demasiado elegante. Nada demasiado informal. Después de todo, se trataba de una reunión familiar. O al menos eso creía. Tomó su bolso. Apagó las luces. Y salió del apartamento. Mientras esperaba el taxi frente al edificio, no pudo evitar pensar en la última vez que había visto a Leonardo. Había ocurrido dos semanas antes. Durante una cena organizada por Alejandro. No habían intercambiado más de tres palabras. No era algo inusual. Leonardo siempre parecía demasiado ocupado para notar su presencia. Y aun así... Camila sonrió con tristeza. Era ridículo. Completamente ridículo. Porque después de tantos años seguía sintiendo exactamente lo mismo. Recordó aquella tarde cuando tenía dieciséis años. Los comentarios crueles. Las risas. Las personas que hablaban de ella y de su madre como si fueran oportunistas. Y luego recordó a Leonardo. Defendiéndola. Solo una vez. Una única vez. Ni siquiera había sido algo extraordinario. Pero para ella había significado todo. Quizás por eso nunca logró olvidarlo. Quizás por eso seguía aferrándose a una ilusión imposible. El sonido de una bocina la sacó de sus pensamientos. Su taxi había llegado. Camila subió al vehículo. Sin saber que aquella noche estaba a punto de cambiar su vida para siempre.






