Alejandro cerró la puerta con un leve golpe y se quitó la corbata con un gesto impaciente. Su camisa estaba desabrochada en el cuello, y Camila no pudo evitar notar la mancha de lápiz labial apenas visible en la tela blanca. Su estómago se contrajo, pero en lugar de decir algo, desvió la mirada y caminó hacia la cama.
—¿Qué sucede? —preguntó Alejandro con voz grave, notando su expresión.
—Nada —respondió ella, con un tono seco.
Él entrecerró los ojos y dio un paso hacia ella. No iba a deja