Andrés y Carlos apenas cruzaron el umbral del edificio cuando dos patrullas se detuvieron frente al apartamento de Margaret. Las luces rojas y azules iluminaban la fachada mientras varios oficiales descendían armados y alertas.
Uno de los oficiales, de rostro serio y voz firme, se acercó a ellos.
—¿Se puede saber qué hacen ustedes aquí?
Carlos se adelantó con paso decidido.
—Vinimos a ver si encontrábamos algo útil. Esta mujer… Margaret… secuestró a mi hijo. No podíamos quedarnos con los brazos