El cielo comenzaba a oscurecerse lentamente, tiñendo el horizonte con tonos púrpura y gris. Afuera del hospital, el silencio era denso, como si incluso el viento hubiera decidido detenerse. Alejandro acababa de marcharse junto a Ricardo, su expresión perdida, rota por el peso de los recuerdos ausentes de Camila. Irma, en cambio, se había quedado sola, sentada en una banca del pasillo, con la mirada fija en el suelo, luchando contra el dolor silencioso que crecía dentro de su pecho.
Fue entonces