Camila abrió la puerta de su casa y encontró a su madre esperándola en la sala, sentada con un té en las manos. Su rostro reflejaba una mezcla de emociones: preocupación, curiosidad y algo de resignación.
—Hija, por fin llegas. ¿Cómo te fue? —preguntó su madre, dejando la taza sobre la mesa.
Camila cerró la puerta detrás de ella y suspiró, dejando caer su bolso sobre el sofá.
—Todo salió bien, mamá. Ya... ya está hecho.
Su madre asintió lentamente, observándola con atención.
—¿Cómo te sientes?