Alejandro le pasó un brazo por los hombros a Irma y el atrajo hacia él con suavidad, como un escudo silencioso, como un refugio en el que ambos parecían encontrar algo de paz, aunque ninguno de los dos lo dijera en voz alta. Irma apoyó la cabeza en su hombro, y él le acarició el cabello con ternura, como si esa noche todo pudiera detenerse, como si ese instante los resguardara de las tormentas.
Ella no dejaba de mirarlo, como buscando respuestas en sus ojos.
— ¿De qué hablas con mi padre? —preg