El reloj marcaba las cinco de la tarde. Afuera, el cielo comenzaba a pintarse de tonos anaranjados y dorados. Los ventanales de la oficina de Alejandro Ferrer permitían que la luz suave del atardecer bañara la sala con una calidez engañosa. Porque dentro de esa oficina, las tensiones no hacían más que crecer.
Alejandro estaba de pie, junto a la ventana, con los brazos cruzados y la mente ocupada. Andrés, sentado frente al escritorio, lo observaba en silencio. El ambiente era denso, cargado de e