La tenue luz del estudio iluminaba el rostro de Alejandro Ferrer con un matiz dorado y cálido. La madera oscura de las estanterías, repletas de libros y documentos, aportaba una sensación de refugio. El murmullo lejano del atardecer se colaba por las ventanas entreabiertas, y el leve crujido de la silla de cuero acompañaba el silencio que había quedado tras la llamada con Irma.
Alejandro giró el celular entre sus dedos, aún pensativo. En su rostro se notaba una mezcla de serenidad y resignación