Alejandro regresó por el pasillo con dos vasos de café en la mano. Sus pasos eran firmes, pero su corazón estaba cargado de un peso silencioso. Disfrazaba su angustia detrás de una sonrisa tranquila, determinada a que Irma no sospechara nada.
Al entrar en la habitación, su mirada se suavizó al verla. Irma estaba sentada en la cama, con el cabello ligeramente alborotado y esa expresión dulce que, sin querer, le arrancó una sonrisa sincera.
—Aquí tienes tu café con leche —dijo acercándose—. Esper