El amanecer apenas comenzaba a teñir de tonos dorados las paredes del hospital. El murmullo de las enfermeras y el sonido lejano de los carros de medicamentos se mezclaban con la serenidad que reinaba en la habitación.
Alejandro se había quedado dormido al lado de Irma, sentado en la pequeña silla junto a su cama, su cabeza apoyada en el colchón, su mano aún entrelazada con la de ella. Su respiración era lenta y profunda, completamente entregada al cansancio de la noche.
Irma lo observaba en si