Dos meses habían transcurrido desde la supuesta muerte de Camila. La vida en la mansión Ferrer parecía haber retomado su curso habitual, aunque bajo la superficie, las heridas seguían abiertas.
El sol apenas comenzaba a asomarse por los ventanales de la gran mansión Ferrer. La brisa de la mañana acariciaba suavemente las cortinas de lino blanco, y el canto de los pájaros anunciaba el inicio de un nuevo día. Alejandro se levantó temprano, como era costumbre desde el nacimiento de su hijo. A pesa