La mañana avanzaba con paso lento, como si el tiempo mismo se negara a seguir su curso. El cielo, cubierto de nubes grises, presagiaba un día cargado de emociones. El auto de Alejandro avanzaba por la avenida con suavidad, deslizándose entre el tráfico matutino mientras la ciudad comenzaba a despertar.
Margaret, sentada a su lado, mantenía la mirada fija en él. Habían pasado ya varios minutos en completo silencio, un silencio tenso, incómodo, lleno de cosas no dichas. Finalmente, ella rompió la