La noche había caído sobre la ciudad, cubriendo las calles con un manto oscuro salpicado de luces. Álvaro conducía con una mano en el volante y la otra reposando con firmeza sobre el muslo de Margaret. Ella no decía nada, pero sus labios curvados en una media sonrisa lo decían todo. La tensión entre ambos era como un hilo eléctrico que vibraba con cada segundo de silencio.
Al llegar al hotel, no usaron la entrada principal. Álvaro, precavido como siempre, desvió el auto hacia el estacionamiento