La mañana había amanecido gris. Un cielo encapotado cubría la ciudad con una densa capa de nubes, como si el mismo día presintiera que algo oscuro estaba por suceder. En un edificio de oficinas ubicado en las afueras, una figura sombría contemplaba por la ventana, su silueta recortada contra el cristal empañado por el frío de la madrugada.
Álvaro Gutiérrez sostenía una taza de café negro entre las manos, pero no había probado ni un sorbo. Su mandíbula estaba tensa, y sus ojos, oscuros y calcula