El sol de la tarde comenzaba a descender con suavidad, tiñendo el cielo de un dorado tibio que bañaba el jardín de la mansión Ferrer. Entre los árboles altos, el canto de algunos pájaros resonaba en armonía con la brisa que movía levemente las ramas. Alejandro estaba sentado en una banca de piedra bajo la sombra de un roble. Sostenía a su pequeño hijo en brazos con una ternura que contrastaba con la tristeza que aún se reflejaba en su mirada.
A su lado, Margaret observaba en silencio. Aunque in