El eco del grito de Alejandro aún resonaba en los rincones de la mansión. Aquella palabra, pronunciada con el dolor crudo de un alma hecha pedazos, había estremecido a todos.
—¡¡¡¡CAMILAAAAA!!!!
Las cortinas de los ventanales se mecían suavemente por la brisa nocturna que se colaba por una rendija mal cerrada. La mansión estaba bañada por una calma sombría, rota solo por pasos apresurados.
Desde el segundo piso, bajaba Margaret, aun con su bata de satén color vino, visiblemente alterada por el