El reloj marcaba las cinco de la madrugada. La mansión Ferrer se encontraba sumida en un silencio denso, como si el aire mismo se negara a circular con normalidad. Pero ese silencio fue desgarrado de pronto por un grito lleno de angustia, que retumbó en las paredes y estremeció hasta al último rincón.
—¡¡¡CAMILAAAAA!!! —rugió Alejandro desde su habitación, con una voz tan rota y desesperada que erizó la piel de todos los que lo escucharon.
Isabela se levantó del sofá de golpe, con el corazón en