La noche seguía cayendo con fuerza sobre el pequeño barrio donde vivía la familia Morales. Las nubes oscuras se arremolinaban en el cielo como presagio de que nada volvería a ser igual. En el interior de la casa, el ambiente estaba teñido de un silencio sepulcral, solo roto por el roce de los pasos y susurros de los hombres de Adrien que se movían con precisión.
Dos de ellos llegaron cargando un ramo imponente de rosas blancas y una corona fúnebre con un listón negro que decía: “Siempre en nues