Andrés llegó al jardín y vio a Margaret sentada en un elegante sillón de mimbre, con una copa de vino en la mano. Su postura era tensa, su mirada perdida en la nada, y su expresión reflejaba rabia y desesperación.
Sin dudarlo, Andrés se acercó y, con un movimiento rápido, le arrebató la copa de las manos.
—¿Qué crees que estás haciendo? —preguntó con dureza, sosteniendo la copa lejos de su alcance.
Margaret lo miró con irritación y extendió la mano con exigencia.
—No te metas, Andrés. Dame esa