Sandra tomó su bolso y se puso de pie, pero antes de marcharse, miró fijamente a Alejandro.
—Espero que no le digas nada a Andrés de que fui yo quien te lo dijo.
Alejandro la observó con frialdad y asintió.
—No te preocupes, Sandra. No le diré nada.
Ella lo estudió por unos segundos, como asegurándose de que decía la verdad. Luego suspiró y alisó su ropa.
—Bien. Ahora, si me disculpan, me retiro. Mi hija me espera.
—Adiós, Sandra —respondió Alejandro, sin apartar la mirada de ella.
Ricardo simp