Javier detuvo la moto frente a la casa de Camila y apagó el motor.
—Llegamos. —dijo con una sonrisa mientras se quitaba el casco.
Camila hizo lo mismo y bajó con cuidado, acomodándose el cabello que había quedado desordenado.
—Gracias por traerme, Javier. De verdad, lo aprecio mucho.
Él se encogió de hombros, restándole importancia.
—No te preocupes, Valentina. Cada vez que pueda, te traeré. No quiero que andes sola a estas horas.
Camila le sonrió con gratitud.
—Eres un buen amigo.
—Lo sé. —res