Alejandro estaba en su cuarto, terminando de ajustarse la corbata cuando escuchó unos suaves golpes en la puerta.
—¿Quién es? —preguntó mientras se revisaba en el espejo.
—Soy yo, tu madre.
—Pasa, madre.
La puerta se abrió y su madre, Isabel Mendoza de Ferrer, entró con la misma elegancia y porte de siempre. A pesar de su mirada serena, Alejandro notó un destello de preocupación en sus ojos.
—¿Cómo amaneciste, hijo? —preguntó con suavidad.
—Bien, madre. —respondió él, aunque su tono no sonaba d