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Capitulo 11 : el perfume del pecado

Miranda llegó conmocionada al apartamento donde ahora vivía con su hijo y su amiga Candy. Apenas entró, abrazó con fuerza a Thiago y luego le agradeció a Candy por haber estado pendiente del niño.

Su amiga notó de inmediato el estado en el que se encontraba y le preguntó cómo le había ido en el trabajo.

—¿Qué pasó, Miranda? Te ves pálida…

Miranda tragó saliva antes de responder:

—Mi jefe… el señor Alejandro Villarreal…

es el mismo hombre que estuvo conmigo aquella noche en la habitación.

Candy quedó perpleja.

—¿Estás segura? Pero esa noche ambos llevaban antifaz y todo era completamente confidencial.

Miranda asintió lentamente.

—Sí… reconocería ese perfume en cualquier parte. Su voz, su forma de hablar… es él.

Candy le pregunta cómo era físicamente y cómo iba vestido aquella noche.

Miranda, todavía nerviosa al recordar cada detalle, le responde:

—Es un hombre alto, de cuerpo musculoso, cabello negro y corto. Tenía una mandíbula cuadrada que le daba un aire dominante y atractivo. Se veía elegante, pero también misterioso.

Llevaba un traje negro fino, que parecía hecho a la medida, y un antifaz de cuero que ocultaba parte de su rostro.

Sin embargo, sus ojos… sus ojos eran imposibles de olvidar.

Y lo que más me agobia es que tiene esposa, Candy. Una mujer maravillosa que está enferma de cáncer.

Hablé un rato con ella… incluso me invitó a cenar con Thiago y con él, pero no quiero involucrarme en su vida privada.

Candy la observó en silencio, notando la angustia reflejada en sus ojos.

Pasaron tres semanas desde que Miranda cruzó por primera vez las puertas de la empresa, y su vida había cambiado más de lo que jamás imaginó.

Ahora tenía un apartamento limpio y tranquilo, donde Thiago podía correr sin miedo.

Los medicamentos estaban asegurados y, por primera vez en mucho tiempo, no despertaba pensando si habría comida para el día siguiente.

Pero había algo que ni el dinero ni la tranquilidad podían curar: el remordimiento.

La señora Gala era una mujer impecable y amable.

A pesar de la enfermedad que consumía lentamente su cuerpo, nunca perdía la elegancia ni esa sonrisa cálida que hacía sentir cómodos a todos a su alrededor.

Y cada vez que Miranda la veía, un nudo de culpa le oprimía el pecho con más fuerza.

Porque Gala la trataba con cariño… sin imaginar que, sin saberlo, compartían al mismo hombre.

Y mientras más cerca estaba Miranda de Alejandro Villarreal, más difícil se volvía ignorar la intensidad que aún despertaba en ella aquella noche que intentaba desesperadamente olvidar.

Esa misma noche, cuando Alejandro llegó a casa, se dirigió a la espaciosa sala donde Gala descansaba tranquilamente. Al verla, se acercó para saludarla y preguntarle cómo había pasado el día.

—¿Cómo te sientes hoy? —preguntó mientras besaba suavemente su frente.

Gala le dedicó una sonrisa serena.

—Mucho mejor… Hacía meses que no hablaba con alguien tan interesante como Miranda.

Alejandro aflojó ligeramente la corbata antes de responder:

—No deberías confiar tanto en ella. Apenas acaba de entrar a trabajar y todavía no la conocemos bien.

Gala negó suavemente con la cabeza.

—A veces no hace falta demasiado tiempo para conocer la esencia de una persona. En su mirada vi bondad… y también mucha tristeza.

Las palabras de Gala hicieron que Alejandro guardara silencio durante unos segundos.

—Además —continuó ella—, quiero invitarla una noche a cenar. Me gustaría conocer a su pequeño hijo.

Alejandro levantó la mirada hacia ella, sorprendido.

Gala bajó lentamente la vista hacia sus manos.

—Siempre imaginé esta casa llena de risas infantiles, juguetes en la sala y pequeños pasos corriendo por los pasillos. Pero el destino tenía otros planes para nosotros…

La tristeza en su voz golpeó el pecho de Alejandro.

—La casa se siente demasiado vacía últimamente… y creo que la presencia de un niño podría devolverle un poco de alegría.

Alejandro la observó en silencio.

Ver a Gala hablar de aquello con tanta nostalgia despertó en él una culpa silenciosa que comenzaba a consumirlo lentamente.

Y, sin poder evitarlo, la imagen de aquella mujer de ojos azules vibrantes, apareció su imagen en su mente, junto al recuerdo ardiente.

Gala observó a Alejandro en silencio antes de preguntarle:

—¿En qué piensas?

Él salió rápidamente de sus pensamientos y respondió con naturalidad:

—En cosas del trabajo.

Gala sonrió levemente.

—¿Y cuándo vamos a invitar a Miranda y a su hijo?

Alejandro desvió la mirada por un instante antes de responder:

—Déjame pensarlo… En la empresa hay bastante trabajo últimamente.

En ese momento, las enfermeras entraron a la sala para llevarse a Gala en su silla de ruedas. El cáncer avanzaba lentamente, consumiendo sus fuerzas cada día más.

Entre tratamientos, medicamentos y noches de dolor, su cuerpo comenzaba a rendirse poco a poco.

Se veía agotada… cansada de luchar.

Alejandro se acercó y besó suavemente su mano.

—Buenas noches. Descansa.

—Buenas noches, Alejandro —respondió ella con una sonrisa débil.

Cuando Gala se retiró a su habitación, Alejandro subió a la suya. Entró al baño y dejó que el agua fría recorriera su cuerpo, intentando despejar su mente. Pero fue inútil.

Las imágenes de aquella mujer regresaron una vez más.

Esos fascinantes ojos azules… su cuerpo cálido y curvilíneo… la intensidad con la que lo había hecho perder el control aquella noche.

Había algo en ella que no podía sacar de sus pensamientos.

Aquella noche de pasión había sido demasiado perfecta para olvidarla.

Impulsado por la obsesión que comenzaba a consumirlo, salió de la ducha, se cambió rápidamente y tomó las llaves de su coche. Minutos después, conducía directo al exclusivo club Eclipse.

Tal vez ella volvería.

Tal vez el destino los reuniría una vez más.

Al entrar al lugar, el ambiente oscuro y elegante lo envolvió de inmediato. Se acomodó en el mismo bar donde la había conocido aquella noche.

Vestía un fino traje negro y el mismo antifaz de cuero oscuro, con la esperanza de que ella pudiera reconocerlo si aparecía.

Las horas comenzaron a pasar lentamente.

Mujeres iban y venían entre risas, miradas seductoras y perfumes intensos.

Algunas se acercaban a él intentando llamar su atención, pero Alejandro apenas las miraba.

Ninguna le interesaba.

Porque ninguna era aquella mujer de mirada penetrante que había logrado quedarse atrapada en su mente.

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