Inicio / Romance / adrenalina de una noche / Capítulo 10: ¡¿Qué Estoy Haciendo?!
Capítulo 10: ¡¿Qué Estoy Haciendo?!

​Alejandro se quedó inmóvil bajo la sombra del sauce, con el saco del traje colgado del brazo y la mirada fija en las dos mujeres. Verlas juntas era como mirar dos mundos opuestos colisionar: Gala, el reflejo de su doloroso deber y la culpa que arrastraba a diario; Miranda, el vivo recuerdo de la pasión prohibida, el fuego salvaje y la obsesión que no lo dejaba dormir.

​—Alejandro, mi amor, llegaste —la voz débil de Gala rompió el silencio. Su rostro demacrado se iluminó con una calidez que conmovió a Miranda, pero que a Alejandro le provocó una sutil punzada de remordimiento.

​El magnate reaccionó, obligando a sus facciones a recuperar la máscara de frialdad y compostura que dominaba en la oficina. Avanzó por el césped con paso firme y se inclinó para darle a Gala un beso seco y casto en la frente.

​—Lamento la demora, Gala. Tuve un contratiempo con los laboratorios —dijo Alejandro, con su profunda voz barítona. Luego, desvió sus ojos oscuros hacia Miranda, clavando una mirada tan intensa y penetrante que ella sintió que el aire le faltaba—. Veo que ya conociste a la señorita Soler.

​—Es una mujer maravillosa, Alejandro —aseguró Gala, acomodándose la manta de lana sobre las piernas—. Me trajo los documentos y terminamos platicando. ¿Sabías que tiene un hijo de cuatro años? Se llama Thiago. Me ha estado contando sus travesuras y, de verdad, hace muchísimo tiempo no me sentía tan contenta.

​Al escuchar la palabra "hijo", Alejandro arqueó una ceja de forma casi imperceptible. Miranda notó el gesto y sintió que el estómago se le comprimía de la culpa. Ella estaba allí, ganándose el afecto de una mujer pura y moribunda, mientras cargaba con el secreto de haberle entregado su cuerpo al esposo de esta en una suite de lujo. El dilema moral la asfixiaba; se sentía como una traidora, a pesar de que aquella noche solo lo había hecho para salvar la vida de su pequeño.

​—La señorita Soler es muy eficiente en su trabajo, pero ya es tarde —sentenció Alejandro con un tono cortante que no admitía réplicas. Miró su reloj de oro—. Ya cumplió con su jornada y debe regresar con su hijo. Yo me encargaré de acompañarla a la salida.

​—Oh, es una lástima... —Gala suspiró con genuina tristeza, tomando con suavidad la mano de Miranda—. Prométeme que vas a regresar, Miranda. Alejandro casi nunca trae a nadie a la casa y me la paso muy sola con las enfermeras. Quiero que vengas a cenar un día de estos, y si es posible, trae al pequeño Thiago. Me encantaría conocerlo.

​Miranda sintió que un nudo le cerraba la garganta. Miró a Gala, cuyos ojos almendrados rebosaban de una ternura limpia, y luego miró de reojo a Alejandro, quien mantenía una postura rígida, con la mandíbula tensa.

​—Será un honor, Gala. Cuídese mucho, por favor —susurró Miranda con el corazón encogido, forzando una sonrisa antes de ponerse de pie.

​Alejandro le indicó el camino con un ademán de la mano. Caminaron en absoluto silencio a través del inmenso jardín y cruzaron los pasillos de la mansión hasta llegar al imponente vestíbulo principal, lejos de los oídos de Gala y de las enfermeras.

​En cuanto estuvieron solos frente a la gran puerta de entrada, Alejandro acortó la distancia, arrinconándola sutilmente contra la pared de mármol. El aroma a madera, sándalo y tabaco de su cuerpo la envolvió de golpe, disparando las pulsaciones de Miranda.

​—Se lo voy a advertir una sola vez, señorita Soler —habló Alejandro en un susurro ronco, peligroso y cargado de una tensión erótica contenida—. Mi vida privada y mi esposa son sagradas. No sé qué hilos está moviendo el destino para cruzarla en mi camino a diario, pero no quiero que confunda su rol de asistente con una relación familiar. Mantenga la distancia.

​Miranda lo miró fijamente. Sus ojos azul eléctrico brillaron con el mismo acero y dignidad con los que defendía a su hijo. A pesar de los nervios, no se dejó intimidar por la imponente anatomía del empresario.

​—No se preocupe, señor Villarreal —respondió ella, con la voz firme y helada—. Mis valores están intactos. Estoy aquí por necesidad y por el bienestar de mi hijo, no por capricho. Le aseguro que lo último que deseo es involucrarme en su vida personal. Con su permiso.

​Miranda abrió la puerta y salió a la calle con el corazón desbocado, subiéndose al primer taxi que pasó. Mientras el vehículo se alejaba de la mansión, se cubrió el rostro con las manos, dejando escapar un suspiro tembloroso. Estaba en una encrucijada de sombras: adoraba a Gala, temía y deseaba a Alejandro, y el peso de su doble identidad se estaba convirtiendo en una bomba de tiempo que amenazaba con destruirlos a todos.

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