Alejandro se quedó inmóvil bajo la sombra del sauce, con el saco del traje colgado del brazo y la mirada fija en las dos mujeres. Verlas juntas era como mirar dos mundos opuestos colisionar: Gala, el reflejo de su doloroso deber y la culpa que arrastraba a diario; Miranda, el vivo recuerdo de la pasión prohibida, el fuego salvaje y la obsesión que no lo dejaba dormir.
—Alejandro, mi amor, llegaste —la voz débil de Gala rompió el silencio. Su rostro demacrado se iluminó con una calidez que c